miércoles, 29 de julio de 2015

Las manos de mi abuelita, eran rudas, rugosas, fuertes. Mostraban el trabajo continuo de su día a día. Cuando tomaba mis manos eran tiernas y brindaban seguridad, tenían caricias guardadas sin fin. Servían una leche deliciosa, espumosa, con granos de café de grano que invitaban con su aroma a saborearla con un rico bolillo, dorado y tronador. 

Sus manos no sabían tejer o bordar sus guisos eran elementales pero muy sabrosos, le gustaba oir su música mientras estaba en la cocina: "los laureles", "la rielera", "adelita", "cielito lindo", "huapango", "la cigarra", "marinero"; todas esas canciones alegres y candorosas, si tenía oportunidad las bailaba, mínimo las cantaba, si, su carácter festivo y alegre era pan de cada día. 


Cuando tenía miedo, sus manos resguardaban mi cara con cariño, abrazándome con el fin de protegerme. Al santiguarse cada mañana o al terminar el día adquirían un aire de divinidad, agradecía y bendecía, parecían palomas suaves, sus benditas manos.


Su expresión de apuro, cuando algo le preocupaba, decía: "Jesús, Jesús y ahora qué hago" ¡iluminame!


Julia, Abuelita, ¡te amo!, te extraño.  

lunes, 27 de julio de 2015


















Sin duda son los abuel@s quienes le dan forma y color luminoso a nuestro mundo con sus pinceladas de amor, nos llenan de abrazos, besos, risas, juegos, con su paciencia, incluso con su silencio enmarcado por una mirada tierna.
Las constantes complicidades, su incondicionalidad, vertiendo en los niet@s sus mejores momentos, sus grandes experiencias y recuerdos, grabando en los corazones, dejando así una gran huella en nuestras vidas.
Recordar la forma como nos consolaban y protegían cuando aparecían los primeros miedos, y ya en la juventud nos abrazaban y sonrían cuando los embates de la vida nos agobiaban.
Cuando los abuel@s se asoman por la ventana de nuestros recuerdos se inunda todo de añoranzas, se hacen vividos esos tiernos momentos y se llena de aromas la reminiscencia de sus arrullos, la comida favorita, el dulce que nos enloquece, siguen siendo una fuente de ternura, sin importar la distancia o la dimensión en donde hoy transiten. Al recordarlos acuden presurosos a nuestras vidas, como siempre.
Entre abuel@s y niet@s no hay brecha generacional, porque el puente del amor siempre los une. Son ellos quienes reparan incluso lo que parecía irreparable, son mágicos.
Te enseñan que el agua canta, que las hojas secas son musicales, que una taza de chocolate espumoso aderezada con su sonrisa es delicioso.
Recuerdo que mi abuela nunca me impuso su religión, oraba en silencio cada mañana antes que otra cosa, agradecía, su semblante irradiaba paz cuando se comunicaba con Dios.
Me abrazaba y escondía bajo su delantal cuando los cohetes pirotécnicos siendo tan pequeña me asustaban. Podía meterme al arroyo y mojarme los pies aunque hiciera frío, lo mejor es que contraviniendo la creencia de mi madre, eso no me enfermaba. Aun amo remojarme los pies muy de mañana en los canales de riego. Podía caminar descalza en el pasto, soplábamos la frágil flor del diente de león, ganaba quien soplaba más fuerte. Así aprendí a disfrutar del olor a tierra mojada, a reconocer el viento de lluvia, si la nube traía granizo, rezaba fervorosamente cuando veía “la cola de víbora” preludio de una tromba.
Aprendí los refranes y dichos más conocidos gracias a mi abuel@, los aplicaba con gran certeza y oportunidad. Era la manera de enseñar valores, “es de gente bien nacida, ser agradecida”, “la verdad siempre sale a flote”.
Los abuel@s tejen raíces de amor y bordan recuerdos imborrables. Sin importar el tiempo, ni la edad, la calidez de su presencia es eterna. Como el mágico árbol de la Ceiba guardan sabiduría, sus grandes raíces nos acogen y dan sombra, nos hablan con su voz suave de la inmensidad del universo, de la luna, del agua, del viento, del sol, la lluvia, el silencio.
Sus historias alegres o llenas de añoranza, aún viven en mí como el más hermoso recuerdo.


Mi gratitud eterna para mis Abuel@s, mi lucero de la mañana, luna y estrellas que iluminan  la oscura noche, sol que abriga cada día.