Las manos de mi abuelita, eran rudas, rugosas, fuertes. Mostraban el trabajo continuo de su día a día. Cuando tomaba mis manos eran tiernas y brindaban seguridad, tenían caricias guardadas sin fin. Servían una leche deliciosa, espumosa, con granos de café de grano que invitaban con su aroma a saborearla con un rico bolillo, dorado y tronador.
Sus manos no sabían tejer o bordar sus guisos eran elementales pero muy sabrosos, le gustaba oir su música mientras estaba en la cocina: "los laureles", "la rielera", "adelita", "cielito lindo", "huapango", "la cigarra", "marinero"; todas esas canciones alegres y candorosas, si tenía oportunidad las bailaba, mínimo las cantaba, si, su carácter festivo y alegre era pan de cada día.
Cuando tenía miedo, sus manos resguardaban mi cara con cariño, abrazándome con el fin de protegerme. Al santiguarse cada mañana o al terminar el día adquirían un aire de divinidad, agradecía y bendecía, parecían palomas suaves, sus benditas manos.
Su expresión de apuro, cuando algo le preocupaba, decía: "Jesús, Jesús y ahora qué hago" ¡iluminame!
Julia, Abuelita, ¡te amo!, te extraño.
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