
Sin duda son los abuel@s quienes le dan forma y color luminoso a nuestro mundo con sus pinceladas de amor, nos llenan de abrazos, besos, risas, juegos, con su paciencia, incluso con su silencio enmarcado por una mirada tierna.
Las constantes complicidades, su incondicionalidad, vertiendo
en los niet@s sus mejores momentos, sus grandes experiencias y recuerdos, grabando
en los corazones, dejando así una gran huella en nuestras vidas.
Recordar la forma como nos consolaban y protegían cuando aparecían los primeros miedos, y ya en la juventud nos abrazaban y sonrían cuando
los embates de la vida nos agobiaban.
Cuando los abuel@s se asoman por la ventana de nuestros
recuerdos se inunda todo de añoranzas, se hacen vividos esos tiernos momentos y
se llena de aromas la reminiscencia de sus arrullos, la comida favorita, el
dulce que nos enloquece, siguen siendo una fuente de ternura, sin importar la
distancia o la dimensión en donde hoy transiten. Al recordarlos acuden
presurosos a nuestras vidas, como siempre.
Entre abuel@s y niet@s no hay brecha generacional, porque
el puente del amor siempre los une. Son ellos quienes reparan incluso lo que parecía
irreparable, son mágicos.
Te enseñan que el agua canta, que las hojas secas son
musicales, que una taza de chocolate espumoso aderezada con su sonrisa es
delicioso.
Recuerdo que mi abuela nunca me impuso su religión, oraba
en silencio cada mañana antes que otra cosa, agradecía, su semblante irradiaba
paz cuando se comunicaba con Dios.
Me abrazaba y escondía bajo su delantal cuando los
cohetes pirotécnicos siendo tan pequeña me asustaban. Podía meterme al arroyo y
mojarme los pies aunque hiciera frío, lo mejor es que contraviniendo la
creencia de mi madre, eso no me enfermaba. Aun amo remojarme los pies muy de
mañana en los canales de riego. Podía caminar descalza en el pasto, soplábamos la
frágil flor del diente de león, ganaba quien soplaba más fuerte. Así aprendí a
disfrutar del olor a tierra mojada, a reconocer el viento de lluvia, si la nube
traía granizo, rezaba fervorosamente cuando veía “la cola de víbora” preludio
de una tromba.
Aprendí los refranes y dichos más conocidos gracias a mi
abuel@, los aplicaba con gran certeza y oportunidad. Era la manera de enseñar
valores, “es de gente bien nacida, ser agradecida”, “la verdad siempre sale a
flote”.
Los abuel@s tejen raíces de amor y bordan recuerdos
imborrables. Sin importar el tiempo, ni la edad, la calidez de su presencia es
eterna. Como el mágico árbol de la Ceiba guardan sabiduría, sus grandes raíces
nos acogen y dan sombra, nos hablan con su voz suave de la inmensidad del
universo, de la luna, del agua, del viento, del sol, la lluvia, el silencio.
Sus historias alegres o llenas de añoranza, aún viven en mí
como el más hermoso recuerdo.
Mi gratitud eterna para mis Abuel@s, mi lucero de la
mañana, luna y estrellas que iluminan la
oscura noche, sol que abriga cada día.
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